La ciudad que todavía se sentía invulnerable (parte 1 de 4)

Nueva York antes del 11 de septiembre

Por Marco Núñez Yurén

Nueva York comenzó a cambiar casi al mismo tiempo que yo comencé a convertirme en adulto. Llegué el 16 de enero de 1992, a los 21 años y medio, con dos maletas, una chamarra de los Yankees y una idea todavía imprecisa de lo que significaba vivir en aquella ciudad. Nueve años después, en el verano de 2001, los dos éramos distintos. Yo había construido una vida que sentía verdaderamente mía; Nueva York parecía haber dejado atrás sus peores años. La ciudad se sentía más limpia, más segura, más próspera y, sobre todo, invulnerable.

No llegué huyendo de México ni empujado por una urgencia. Estaba terminando mis estudios de periodismo y fueron mis padres quienes insistieron en que aprovechara la oportunidad. Mi hermano, nueve años mayor que yo, ya vivía en Nueva York. Había llegado para estudiar, trabajar y buscarse una vida, como tantos otros. Su presencia hacía posible mi llegada. La decisión fue mía, pero el viaje ocurrió gracias al apoyo de mis padres y a la puerta que él me abrió.

En realidad, Nueva York no era enteramente desconocida. La había visitado en 1981, cuando tenía once años. Mi padre nos llevó de viaje y la ciudad me deslumbró. En la esquina de la calle 55 y la Sexta Avenida descubrí un deli donde preparaban un sándwich de jamón que me pareció extraordinario. Durante cinco noches regresé solo, una pequeña irresponsabilidad vista desde hoy, hasta hacerme amigo de quienes atendían. También fui al Yankee Stadium, vi un juego entre los Yankees y Boston y contemplé en persona a Reggie Jackson, entonces mi héroe. Nueva York era exactamente lo que había visto en el cine, las series y las fotografías: ruido, velocidad, luces y la promesa de que cualquier cosa podía ocurrir.

Once años más tarde volví para quedarme, aunque no sabía por cuánto tiempo. El vuelo 401 de Aeroméxico aterrizó en el aeropuerto Kennedy. Mi hermano fue por mí. Llevaba jeans, tenis, una playera, un suéter grueso y mi chamarra de los Yankees. Yo creía que iba preparado para el invierno. Muy pronto descubrí que estaba vestido para un invierno mexicano, no para enero en Nueva York.

El trayecto nocturno desde el aeropuerto hasta Brooklyn no tuvo una revelación cinematográfica. Desde la autopista alcancé a ver Manhattan a lo lejos, iluminada, pero todavía ajena. Llegamos al pequeño estudio de mi hermano, en el 300 de la Octava Avenida, en Park Slope. Durante la madrugada nevó. Era la primera nevada que veía en mi vida.

Ya estoy en Nueva York

La escena que sí conservo intacta ocurrió al día siguiente. Tenía que ir a inscribirme a la universidad. Salí del departamento y caminé hacia la estación de Grand Army Plaza. El cielo estaba despejado, el viento cortaba la cara y la nieve de la noche anterior cubría las calles. Todo era nuevo: caminar sobre ella, escucharla bajo los zapatos, sentir un frío que parecía atravesar el suéter y la chamarra hasta llegar a los huesos.

Tomé el tren 4. Al bajar al subterráneo encontré el contraste inmediato de una temperatura cálida y los sonidos que, con el tiempo, se volverían parte de mi vida: el eco de los anuncios, las campanas antes de cerrar las puertas, el rechinar de las ruedas y el golpe metálico de los vagones sobre las vías. El tren iba casi vacío. Me bajé en la calle 51 y subí las escaleras hacia Midtown.

Eran alrededor de las tres de la tarde cuando puse el pie en Manhattan. En Madison Avenue estaban las sirenas, los automóviles, la multitud y ese paso acelerado que la ciudad parecía imponerle a todo el mundo. El aire helado convivía con el calor que escapaba de las entradas de los edificios. Había olores de calefacción, café, bagels y salmón. La imagen se parecía tanto a las películas que durante unos segundos tuve la sensación de estar dentro de una de ellas. No sabía cuánto tiempo permanecería ahí ni qué iba a ser de mí, pero sentí el entusiasmo de quien acaba de llegar al lugar donde quiere estar. Ahí pensé por primera vez: ya estoy en Nueva York.

Había llegado para cursar estudios de posgrado en periodismo y comunicación de masas en la Universidad de Nueva York. Tomaba clases en Washington Square, otras en un edificio de Midtown, cerca de la calle 42, y estudiaba inglés en otra sede, alrededor de la calle 98. Sin proponérmelo, la universidad me obligó desde el comienzo a recorrer la ciudad, aprender sus líneas de tren y medir las distancias con una lógica distinta. En Nueva York uno aprende pronto que la ciudad no se conoce desde un automóvil: se conoce caminándola, esperando en un andén y saliendo a la calle sin saber exactamente qué escena encontrará.

Una casa en Park Slope

Park Slope fue mi puerta de entrada y terminó siendo mi casa. El primer estudio era pequeño y cálido. Estaba en un edificio antiguo con elevador, un vestíbulo amplio y un baño desproporcionadamente grande, con tina y uno de aquellos inodoros con el depósito y la cadena en alto. Mi hermano y yo habíamos compartido habitación durante nuestra infancia en México, de modo que volver a compartir un espacio no resultó extraño. Él me recibió como parte de su propia vida y nunca terminaré de agradecérselo.

Meses después nos mudamos al 178 de la Séptima Avenida, a un departamento más amplio, de esos largos y estrechos que en Nueva York llaman railroad apartments. En la planta baja había una tienda de productos naturales. El espacio permitía recibir amigos y hacer reuniones, pero también tenía inconvenientes muy neoyorquinos: las ratas del sótano podían aventurarse hasta los pisos superiores. Mi relación con ellas nunca fue cordial.

En 1994 llegué al 198 de la Octava Avenida, el departamento que todavía considero mi verdadero hogar en Nueva York. Estaba en el cuarto piso. Era de mi hermano, tenía una recámara y no era grande, pero ya era una casa en forma. A partir de 1996 viví ahí solo. En ese lugar aprendí lo que significaba sostener una vida propia: regresar después del trabajo, pagar las cuentas, cocinar algo, extender los periódicos sobre la mesa, encender la televisión y cerrar la puerta al ruido de la ciudad. Dejé de sentir que estaba ocupando provisionalmente un espacio en Nueva York. Ahí estaba mi ropa, mis libros, mis recuerdos de los Yankees y todo lo que iba acumulando mientras construía una vida. Era mi santuario y fue el lugar donde fui profundamente feliz.

Park Slope tenía una belleza serena que contrastaba con el vértigo de Manhattan. Los edificios pre-war, las calles arboladas y la cercanía de Prospect Park le daban una elegancia sin ostentación. Grand Army Plaza era el punto de referencia. La Séptima Avenida funcionaba como una pequeña ciudad: restaurantes, supermercados, librerías, farmacias, tiendas de video y todos los servicios que uno podía necesitar. La diversidad no era un concepto abstracto, sino una rutina. Las fruterías eran atendidas por coreanos; los restaurantes chinos convivían con las pizzerías de familias italianas; la lavandería era de unos bolivianos. En unas cuantas cuadras se podía escuchar una parte considerable del mundo.

Prospect Park también se volvió parte de mi vida. Ahí corría, patinaba y hacía ejercicio. La ciudad podía ser hostil y agotadora, pero el parque ofrecía un espacio para recuperar el aliento sin abandonar Nueva York. Era una pausa dentro de la misma energía.

Aprender los códigos de la ciudad

La Nueva York de 1992 no era la ciudad domesticada para el turismo que hoy se vende en postales. Yo no sentía miedo durante el día, pero algunas clases terminaban a las nueve o diez de la noche y al principio me inquietaba viajar solo en el subway. Ciertas salidas, como la de los trenes que llegaban a la Séptima Avenida y Flatbush, marcaban con claridad el límite entre el vecindario familiar y una ciudad que todavía no sabía leer.

Con el tiempo aprendí sus códigos: dónde caminar, en qué vagón subir, qué calles evitar a ciertas horas y cómo avanzar con seguridad aunque uno no estuviera completamente seguro. No fui testigo habitual de delitos. En todos aquellos años, la escena más directa que recuerdo fue la de un adolescente que arrebató un collar a una mujer justo cuando se cerraban las puertas del tren. Pero la percepción de peligro existía y formaba parte de la conversación cotidiana.

Mientras yo aprendía a moverme, la ciudad atravesaba una transformación profunda. La caída del crimen, que ya había comenzado durante la administración de David Dinkins, se aceleró y se volvió el sello político de Rudolph Giuliani. Hubo más policías, nuevas formas de medir y perseguir los delitos y una recuperación de los espacios públicos. Pero atribuirle el cambio a una sola persona sería simplificarlo: también influyeron el descenso de la epidemia de crack, la economía, la demografía y años de inversión pública y privada. Lo que un habitante percibía era más sencillo: poco a poco la ciudad dejó de sentirse tan amenazante.

El subway fue la evidencia diaria. A principios de los noventa todavía conservaba suciedad, olor a orina, torniquetes antiguos y una atmósfera heredada de los años difíciles. Sin embargo, los grafitis fueron desapareciendo, se renovaron estaciones y vagones y el servicio empezó a sentirse más ordenado. En 1994 apareció la MetroCard, aunque los tokens seguirían circulando durante años. La modernización no ocurrió de una noche a otra; yo la vi avanzar estación por estación.

También recuerdo los puestos de periódicos en los andenes, saturados de diarios, revistas, golosinas y refrescos. En las horas pico los pasajeros desarrollaban el arte de doblar un periódico varias veces hasta convertirlo en una columna estrecha que se podía leer sin invadir el espacio del vecino. Se leía sentado o de pie. Yo compraba The New York Times y The New York Post, sobre todo por su cobertura de los Yankees. Más adelante ya no necesitaba comprarlos: en el Consulado recibíamos buena parte de la prensa nacional y muchas noches regresaba a casa cargado de periódicos.

Una ciudad que se reinventaba

Times Square ofrecía la transformación más visible. Cuando llegué todavía era una zona de cines pornográficos, comercios deteriorados y calles desagradables al caer la noche. Su recuperación había empezado antes, pero durante la segunda mitad de los noventa se aceleró: cerraron la mayoría de los negocios para adultos, llegaron grandes compañías, reabrieron teatros y la zona se convirtió en el escaparate luminoso y corporativo que conocemos. Perdió una parte de su aspereza y ganó seguridad, inversión y millones de visitantes.

Nueva York también pasó de la recesión de principios de los noventa a una expansión extraordinaria. La ciudad había perdido cientos de miles de empleos al comenzar la década, pero el crecimiento posterior devolvió vitalidad a las oficinas, los comercios y las calles. Wall Street se convirtió en uno de los motores de esa recuperación. A finales de los noventa, la industria financiera aportaba una parte desproporcionada del crecimiento de los ingresos de la ciudad. Al mismo tiempo avanzaban internet, las empresas tecnológicas y una nueva manera de trabajar que apenas comenzábamos a comprender.

Yo observaba esa transición desde un lugar privilegiado. En 1993 empecé a trabajar en la oficina de prensa del Consulado General de México. Mi primera labor cada mañana era revisar entre quince y treinta periódicos y revistas. Leía página por página en busca de cualquier noticia relacionada con México. Después recortábamos las notas, las pegábamos en hojas membretadas, anotábamos el medio y la página, armábamos varias carpetas y las enviábamos por fax a la Presidencia de la República, la Secretaría de Relaciones Exteriores, Hacienda y otras oficinas.

Era un proceso metódico y artesanal, pero para un periodista joven resultaba difícil imaginar un mejor trabajo: me pagaban por leer periódicos. Con los años llegaron el correo electrónico, los escáneres y los primeros archivos PDF. La tecnología redujo las copias, aunque no eliminó de inmediato las tijeras, el pegamento ni el fax. Aquella oficina era un observatorio de la relación entre México y Estados Unidos durante la negociación y los primeros años del Tratado de Libre Comercio. También me permitió ver cómo un gobierno construía una estrategia internacional de comunicación con recursos, contactos y disciplina.

Mi trabajo creció junto conmigo. Organicé una base de datos de miles de contactos y fui editor de Mexican Notebook, un boletín mensual en inglés sobre política, economía y cultura mexicanas. Cuando asumí la publicación se imprimían alrededor de cinco mil ejemplares; con los años llegamos a veinte mil. Aproximadamente la mitad se enviaba por correo a suscriptores y el resto se distribuía entre los diferentes grupos de interés del Consulado: medios, académicos, empresarios, funcionarios y organizaciones de la comunidad. Participé también en la logística de visitas presidenciales y estuve en reuniones con figuras políticas, empresariales y periodísticas que antes solo conocía por televisión. Yo seguía soñando con dedicarme a los medios deportivos, pero el Consulado me había dado una formación que ninguna escuela podía ofrecer.

La otra Nueva York mexicana

Desde ahí también vi crecer a la comunidad mexicana. Los datos del censo ayudan a dimensionarlo: la población de origen mexicano en la ciudad pasó de poco más de 61 mil personas en 1990 a casi 187 mil en 2000. En una década se triplicó. Esa transformación se percibía en Sunset Park, en zonas de Queens y en comunidades fuera de la ciudad, pero también en los pasillos del Consulado.

Cuando llegué, una parte importante de aquella inmigración provenía de finales de los setenta y principios de los ochenta. Eran hombres y mujeres dedicados a restaurantes, limpieza, construcción y otros trabajos intensivos que sostenían silenciosamente la vida cotidiana de Nueva York. Hacia el final de los noventa apareció con más claridad una nueva generación: mexicanos con mayor preparación profesional y, sobre todo, hijos de inmigrantes educados en Estados Unidos, cómodos en inglés y con una relación más segura con las instituciones. Se identificaban como mexicanos, celebraban a México y conservaban sus vínculos familiares, pero habían aprendido a imaginar el futuro como neoyorquinos.

El crecimiento tenía consecuencias muy concretas. La demanda de pasaportes, matrículas y servicios de protección se multiplicó. El Consulado comenzó a abrir algunos sábados y a organizar jornadas móviles en Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut. En una ocasión viajamos unas dos horas hacia una pequeña población al norte del estado. Las calles parecían vacías y bromeamos con que nadie acudiría. Al llegar al gimnasio de una escuela encontramos a cientos de personas esperando. Trabajamos desde la mañana hasta entrada la tarde. La comunidad había llevado comida mexicana para el personal. Esa escena explicaba mejor que cualquier informe lo que estaba ocurriendo: una población casi invisible para el paisaje oficial estaba creciendo, organizándose y reclamando su lugar.

La primera advertencia

El 26 de febrero de 1993, menos de catorce meses después de mi llegada, una camioneta cargada con explosivos estalló en el estacionamiento subterráneo del World Trade Center. Murieron seis personas y más de mil resultaron heridas. Aquel viernes no tenía clases ni debía ir al Consulado. Vivía todavía en el 178 de la Séptima Avenida. Fui a desayunar a una hamburguesería del vecindario y ahí escuché los primeros reportes por la radio.

Regresé al departamento y seguí la noticia por televisión, que era la forma inmediata de conocer el mundo antes de los sitios web, las redes sociales y los teléfonos inteligentes. Muy pronto se habló de un coche bomba y de terrorismo. Recuerdo a un reportero decir que ese día Nueva York ingresaba a la lista de ciudades atacadas por el terrorismo.

La noticia fue enorme. Se discutieron las fallas de seguridad y el acceso público a las torres permaneció cerrado durante semanas. Sin embargo, para mí y para buena parte de la ciudad, el atentado no modificó la vida cotidiana. El subway siguió transportando millones de personas, las oficinas volvieron a llenarse y Manhattan conservó su ritmo. Con los años, aquel ataque se convirtió en una referencia lejana. Había sido una advertencia, pero nadie vivía como si fuera el anuncio de algo mayor.

Las torres en la ventana

Desde el departamento del 198 de la Octava Avenida podía ver las Torres Gemelas. Park Slope se encuentra en una zona elevada y mi ventana miraba hacia el bajo Manhattan. Cuando los árboles perdían las hojas, durante el otoño y el invierno, aparecía la mitad superior de los dos edificios. Por las noches veía encenderse las oficinas, una cuadrícula de luces suspendida sobre la ciudad.

No me detenía a contemplarlas todos los días. Eran una presencia cotidiana, parte del paisaje, como el sonido del tren o la caminata hacia Grand Army Plaza. Sabía que al llegar el frío volverían a aparecer entre las ramas y que seguirían ahí cuando abriera las persianas. Nunca pensé que hubiera que prestarles una atención especial, precisamente porque parecían permanentes. Esa normalidad es lo que hoy vuelve tan poderoso el recuerdo: las torres no eran todavía una ausencia ni un símbolo de dolor. Eran parte de mi casa.

Para 2001 yo ya no era el muchacho que había salido del subway en Midtown deslumbrado por las sirenas. Me había convertido, a mi manera, en neoyorquino: caminaba deprisa, hablaba de forma directa, conocía los trenes, discutía por un servicio mal dado, patinaba por la Quinta Avenida y podía recorrer Central Park después del trabajo. Nueva York me había enseñado una forma de moverme y de mirar el mundo. Yo seguía siendo mexicano, pero mi arraigo estaba ahí.

La ciudad también parecía haber dejado atrás su juventud problemática. El crimen había caído, Times Square brillaba, Wall Street vivía años de abundancia, el subway mejoraba y los Yankees acababan de construir una dinastía. Existían señales de desaceleración económica y el atentado de 1993 seguía registrado en la memoria, pero nada parecía capaz de detener el movimiento de Nueva York.

Así llegué al verano de 2001, el mejor que viví en la ciudad. Tenía un trabajo que conocía, una casa que sentía mía, amigos con quienes compartir las noches y la sensación de que todavía había un futuro por construir. Me sentía parte de Nueva York y, quizá por primera vez desde mi llegada, no estaba buscando mi lugar: ya lo había encontrado. Desde mi ventana, las Torres Gemelas seguían formando parte del horizonte. Estaban ahí, como siempre. Yo no sabía que estaba viviendo el último verano de aquella ciudad ni que esas luces cotidianas se convertirían, muy pronto, en una ausencia.

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