Los que me conocen saben que no sigo el futbol. No me interesa. Sin embargo, como periodista mexicano, es imposible estar ajeno a la derrama de información sobre este deporte y más en época mundialista.
Hoy en México hay dos asuntos extra cancha con la selección nacional que merecen un análisis. Ambos casos son muy lamentables: uno es la fiesta de 9 jugadores de la selección antes de partir a Rusia y la otra, la convocatoria de Rafael Márquez para participar en su quinto mundial de futbol.
La fiesta con la asistencia de prostitutas y el supuesto vínculo de Rafael Márquez con narcotraficantes me motiva a hacerme una simple pregunta: ¿qué dicen estos actos de nosotros como mexicanos?
En México la selección nacional es algo más que un equipo de futbol. Es una empresa, un negocio que genera ganancias millonarias que debe guiarse con una misión, valores y objetivos claros. Su resultado en la cancha, aunque para muchos es difícil de entender o visualizar, es un reflejo de sus acciones extra cancha.
En el caso de la fiesta y Márquez aunque aparentemente no se rompió ninguna regla o código de conducta, o sin una acusación formal de carácter penal o judicial, una empresa debe pensar y considerar un aspecto ético y moral en la toma de decisiones para disciplinar a sus empleados. Esto es parte de su responsabilidad social.
El deporte en su origen promueve una práctica basada en principios éticos y valores morales. Esto es algo tan sencillo como jugar limpio, respetar el reglamento y el rival, y dar el mejor esfuerzo. Estas características, entre otras, ayudan a quienes lo practican, profesionales o no, desarrollen su personalidad y nutran la persistencia, conciencia, arraigo, confianza, respeto, tolerancia, entre otros valores, y así poder representar cabalmente los conceptos básicos de la práctica deportiva.
Sin embargo, las tendencias sociales y retos actuales de la sociedad mexicana han dañado nuestro sistema de valores y principios éticos que, inevitablemente, han rebotado en la esfera deportiva. En la actualidad, la industria deportiva (jugadores, medios, empresas, público en general) presentan y expresan una moral dividida. Este enfoque sostiene que el deporte y la competencia se fijan aparte de la vida real y ocupan un reino donde ética y códigos morales no se aplican.
Otros argumentan que el deporte sirve como un escape para expresar una agresión primitiva (un auto reflejo condicionado de defensa) y una egoísta necesidad de reconocimiento y respeto ganado a través de la conquista de un oponente, o sea, una victoria.
Desde este punto de vista, la agresión y la victoria son sólo virtudes. Por ejemplo, un jugador de fútbol puede ser descrito como sucio y desagradable en el campo, pero bueno y agradable en la vida cotidiana. Su disposición violenta en el campo no está mal porque cuando él está jugando, el juego es parte de una realidad amoral que es dictada únicamente por el principio de ganar.
Un enfoque ético del deporte rechaza esta moral dividida. La ética honra al juego y al adversario a través de una dura competencia con juego limpio. Esto significa entender las reglas y su importancia, fomentando respeto al oponente, quien a la vez te impulsa a ser mejor.

La agresión primitiva en el deporte no sólo es física, sino material o intelectual. Por lo general es un reflejo del contexto social, la reacción social a la violencia y la forma en que somos educados. Cuando esta agresión es controlada promueve y resalta valores positivos y buen comportamiento en el campo de juego. En cambio, cuando no se controla, invariablemente, se convierte en una modalidad de violencia que no corresponde a la auténtica práctica deportiva.
No es ningún secreto que la comercialización del deporte abrió la puerta a la corrupción, al dopaje y varias conductas antideportivas hacia los oponentes como al público por igual que, al no ser supervisadas en el corto y largo plazo se pueden convertir en serios problemas.
En mi opinión, esta es la situación que vive hoy la selección nacional. Creo su problema principal como conjunto y de los jugadores en lo individual, radica en que no entienden lo que representan dentro y fuera de la cancha.
La selección nacional como institución deportiva debe saber y entender su influencia en la vida social y deportiva de México. Tienen una gran responsabilidad social que no saben como ejercerla y aprovecharla porque al mismo tiempo son parte de un producto comercial y mercadológico de alta visibilidad y valor.
Por ejemplo, ligas profesionales de Estados Unidos como la NFL (futbol americano) o MLB (beisbol) que tienen ganancias anuales de 15,000 millones de dólares (combinado), tienen códigos de conducta para sus jugadores y equipos que no requieren tener una acusación formal por autoridades locales, domésticas o federales para utilizarlos.
En esencia no están guiadas por las mismas reglas que el sistema de justicia penal. En su lugar utilizan una combinación de factores para determinar cómo tratar a un jugador acusado y condenado, determinado por acuerdos colectivos de trabajo entre sindicatos, directivos y dueños de equipos. Situación que en México no existe.
Al jugador de estas ligas se le alimenta la idea de que es un privilegio ser parte de éstas y por lo tanto deben abstenerse de tener una “conducta perjudicial que dañe la integridad de la liga y el jugador, como la confianza del público.” Esto incluye también a propietarios, entrenadores, empleados de equipo, funcionarios y empleados de la oficina de la liga, o cualquier otro negocio relacionado. Situación que en México no existe.
Las ligas piden y capacitan a los jugadores para que hagan un esfuerzo en todo momento para ser personas de alta estima y consideración; mostrar respeto por los demás dentro y fuera del campo; hacer labores que eleven y reflejen su reputación, la de sus equipos, la comunidad que representan y sus ligas. Situación que en México no existe.
Las ligas tienen códigos de ética que ofrecen normas de conducta profesional que pueden ser aplicadas si se viola este código o si el jugador es legalmente responsable de una acción judicial, si perjudica su contrato, o si se producen otras consecuencias legales o puedan dañar la reputación de los demás en el juego, quebrante el respeto público y el apoyo para la liga, el jugador es sujeto a varios tipos de sanción. Situación que en México no existe.
Estos códigos sirven para proporcionar los principios generales y las reglas en la toma de decisiones para cubrir cualquier falta, administrativa o judicial, cuyo objetivo principal es el bienestar y la protección del juego, los jugadores, los equipos y la liga. Situación que en México no existe.
Estos códigos exigen que los jugadores y entrenadores estén al día sobre las normas y reglamentos dentro de su comunidad, ciudad o estado, como también demanda conducirse de manera honorable fuera de la cancha. Situación que en México no existe.
No me consta, pero estoy casi seguro que la Femexfut no tiene un código de conducta para los integrantes de la selección, los jugadores de la liga y sus directivos, y si lo tiene es evidente no lo supervisa ni lo ejecutan.
Rafael Márquez, hace un año fue sancionado por el Departamento del Tesoro estadounidense, por ser supuesto prestanombres de un presunto líder de un grupo del narcotráfico. En consecuencia, la Femexfut decidió que Márquez no portara en sus uniformes la marca de los patrocinadores de la selección para evitar problemas y no violar alguna ley. Si llegara a darse el caso de que Márquez fuera formalmente acusado por el gobierno estadounidense, las marcas no sólo les desagradaría estar ligadas al futbolista, sino además al tener algunas operaciones en Estados Unidos podrían ver afectados sus intereses. Sin embargo, Márquez jugará el mundial. Nada se lo impide.
No hay ninguna acusación formal en su contra, solo una averiguación que le impide hacer negocios y viajar a Estados Unidos y los federativos han dicho que consultaron con “expertos” que les aseguraron no había riesgo legal ni para él ni para la organización del mundial si Márquez juega. Sin embargo, la Femexfut se equivoca al permitirle estar con la selección nacional en Rusia.
En el caso de las fiesta antes de partir, los jugadores la hicieron en todo su derecho y no hay ningún delito que perseguir. Aquí la Femexfut simplemente cerró filas, dijo que los jugadores tenían la noche libre mostrando una equivocada unidad.
En los dos casos, sin duda, los federativos responsables de la selección nacional cuando atacaron ambos problemas se hicieron la siguiente pregunta:
¿Qué debemos hacer o decir?
Esta es la peor pregunta que se hace en estos casos. Esta es la peor forma para manejar una crisis. No importa si el medio es deportivo, empresarial o político.
Al hacerse esta pregunta la Femexfut demostró que no sabe identificar una crisis. Es obvio al ver su forma de actuar, pero cuando medios locales y foráneos tienen como nota principal estos eventos, no entiendo como la Femexfut lo ve con tanta ligereza y desdén.
Tristemente, una vez más, la Femexfut demuestra que no tiene clara sus prioridades como empresa y olvida que el desempeño en el campo es reflejo de su actuación como empresa. En una crisis la prioridad es generar y mantener la confianza de las audiencias, en este caso, principalmente fans y patrocinadores.
Por lo anterior, en toda crisis la pregunta en lugar de ser qué debo decir o hacer, debió ser:
¿Qué es lo que esperan nuestras audiencias una empresa responsable haga en esta situación?
La respuesta es muy sencilla: demostrar que les importa resolver el problema, que les importa el bienestar de sus jugadores y que cuidan su producto.
La forma mas sencilla de perder la confianza, respeto de tu público y dañar tu reputación durante una crisis es cuando muestras que no te importa lo que pasa y le das la espalda al problema. Una respuesta oportuna y consistente durante el inicio de una crisis, es la mejor muestra de confianza de una empresa hacia su público, pero una vez más, la Femexfut demostró no tiene ni la menor idea de este concepto.
Con Rafael Márquez no sólo se hizo a un lado su problema legal en Estados Unidos, sino que además fue el orador principal cuando asistió a la residencial oficial de Los Pinos a una ceremonia de abanderamiento con el Presidente de la República.

La ecuación es aterradora: un jugador sospechoso de tener vínculos con el narcotráfico presente en Los Pinos con un Presidente entablado en una guerra formal en contra de los principales cárteles de la droga. Indolencia pura a un problema como el narco con grandes consecuencias en México.
Días después, nueve seleccionados se divierten, en su tiempo libre, con 30 prostitutas antes de partir al mundial en Rusia.
Los dos casos fueron y han sido manejados erróneamente por la Femexfut y los directivos involucrados en la toma de decisiones de “El Tri” por tomar una actitud indolente y sentirse intocables. Aunque es cierto que ningún jugador hasta ahora no rompió un código de conducta, ley o reglamento, es innegable que deberían rendir cuentas de alguna forma o modo por sus actos. A la Femexfut no le importó e hizo caso omiso de ambas situaciones.
El brillante escritor mexicano Juan Villoro, en su columna del periódico Reforma, no lo pudo ejemplificar mejor. Villoro con gran certeza dice “…los equipos representan valores que los trascienden… nuestra selección es reflejo de un país en crisis.”
Más claro ni el agua, por eso es inevitable hacerme la siguiente pregunta: ¿qué dicen estos eventos de nosotros como mexicanos?
Desafortunadamente, nada bueno.
