
25 AÑOS DEL 11-S · SEGUNDA ENTREGA
Nueva York, septiembre de 2001
Por Marco Núñez Yurén
El oficio llegó el viernes 7 de septiembre de 2001. La Secretaría de Relaciones Exteriores autorizaba mi traslado de Nueva York a Houston. Yo todavía debía aceptarlo, pero el documento convertía en real una posibilidad que hasta entonces había vivido como una conversación sobre el futuro. Después de casi diez años en la ciudad, tenía frente a mí una mejor posición, prácticamente el doble de ingreso y la oportunidad de encabezar por primera vez una oficina de prensa. En el papel, parecía el paso lógico. El problema era que yo estaba viviendo el mejor momento de mi vida en Nueva York.
Aquel verano había sido distinto. Tenía treinta y un años, conocía mi trabajo, vivía solo en el departamento de Park Slope que consideraba mi casa y había formado un grupo de amigos con quienes compartía una misma alegría por la ciudad. Siempre había un bar nuevo, un partido, una fiesta o una razón para salir. Podíamos empezar un sábado a las dos de la tarde con una cerveza y unos hot dogs y terminar de madrugada bailando salsa en el bajo Manhattan. No se nos acababan las noches ni los lugares.
Nueva York tenía entonces una energía difícil de explicar a quien no la ha vivido. El verano empujaba a la gente a la calle. El calor y la humedad podían ser insoportables, pero la ciudad parecía funcionar a todas horas. Yo salía del Consulado, me cambiaba, me ponía los rollerblades y patinaba por la Quinta Avenida hasta Central Park. Otros días iba al gimnasio y después me encontraba con mis amigos. Había construido una rutina que no sentía rutinaria. Cada día traía algo distinto.
La autorización del traslado llegó precisamente cuando menos razones emocionales tenía para marcharme. Sin embargo, también cargaba una frustración profesional que venía de años atrás. En 1995 había hecho una audición para ESPN, cuando la cadena preparaba su programación en español. Me fue bien y querían contratarme, pero mi estatus migratorio me impedía trabajar fuera del Consulado. Dos años después me llamaron de nuevo. Aquella segunda audición salió mal y la oportunidad desapareció. Yo seguía soñando con dedicarme a los medios deportivos y empezaba a sentir que, por más que disfrutara mi trabajo, me estaba estancando.
Una oportunidad sobre la mesa
La plaza en Houston parecía responder a esa inquietud. Mi cargo en Nueva York era asistente del consejero de prensa; en Houston sería consejero. El título representaba un ascenso, más dinero y, al menos desde la distancia, una responsabilidad mayor. No medí que el alcance de ambas oficinas era incomparable. Nueva York era un centro político, financiero, mediático y diplomático. Houston era una plaza importante, pero con otra escala y otro ritmo. En ese momento no tenía la experiencia para hacer esa comparación. Vi la promoción y el salario. Pensé que era tiempo de intentar algo nuevo.
La idea no había surgido de un día para otro. El 15 de agosto viajé a Houston para entrevistarme con quien sería mi jefe. Salí temprano y regresé esa misma noche. En el vuelo de vuelta me tocó una vista de Nueva York que nunca había tenido, pese a la cantidad de veces que había viajado. Iba junto a la ventana y, al aproximarnos a LaGuardia, el avión pareció partir Manhattan en dos.
Era de noche. Vi la isla iluminada, el trazo de sus avenidas y, debajo de nosotros, las Torres Gemelas. Después apareció Central Park, oscuro en medio de la cuadrícula de luces, y más adelante alcancé a distinguir el Yankee Stadium. La ciudad entera pasó frente a mi ventana como una secuencia preparada para una película. No sabía que sería la última vez que vería las torres desde un avión. Tampoco sabía que aquella imagen terminaría convertida, con el tiempo, en una despedida.
Durante las semanas siguientes seguí con mi vida habitual. Trabajaba en la oficina de prensa del Consulado, entonces ubicada en el 27 East de la calle 39. Seguía revisando periódicos, preparando información, actualizando contactos y editando Mexican Notebook. Septiembre era además un mes de actividad diplomática intensa por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Pero aquel año había otro asunto ocupando mi cabeza: decidir si estaba dispuesto a dejar la ciudad en la que me había convertido en adulto.
Un viernes en Yankee Stadium
La noche del viernes 7 de septiembre fui con dos amigos a Yankee Stadium para ver el juego contra Boston. Yankees-Boston nunca era un partido cualquiera. La rivalidad, el estadio lleno y el ruido de las tribunas eran parte de aquello que más disfrutaba de vivir en Nueva York. Ese día, además, yo llevaba conmigo la noticia del traslado.
Uno de mis amigos, Pablo, se había vuelto especialmente cercano durante aquel último año. También era un fanático de los Yankees y, sin que yo lo supiera todavía, atravesaba su propio proceso de cambio: se preparaba para mudarse a España. Cuando le conté que podía irme a Houston, su primera reacción fue inmediata: “Qué pena. Ahí no vas a tener a los Yankees”. Me causó gracia, pero la frase se quedó conmigo. No se refería solo al equipo. Nombraba todo aquello que yo daba por sentado y que estaba a punto de perder.
Mientras veía el juego empecé a entender la dimensión personal de la decisión. Ir al estadio no era únicamente asistir a un partido. Era tomar el tren, caminar entre la multitud, discutir una jugada con un desconocido, leer al día siguiente las columnas deportivas y sentir que el equipo formaba parte del estado de ánimo de la ciudad. No sabía si Houston tendría algo equivalente. Ni siquiera sabía qué debía buscar para reemplazarlo.
El fin de semana siguió con la intensidad deportiva habitual de Nueva York: los Yankees, la final del US Open y el comienzo de la temporada de futbol americano. Yo todavía tenía boletos para otro juego de los Yankees el lunes 10. No pensé que el del viernes pudiera ser uno de mis últimos partidos como residente de la ciudad. Había demasiadas cosas ocurriendo para detenerme a convertir cada momento en una despedida.
El lunes de la lluvia
El lunes 10 de septiembre llovió durante todo el día. En los años que viví en Nueva York no recuerdo otra lluvia tan persistente e intensa. Llegué contrariado a la oficina. Era el primer lunes después de recibir la autorización y algunos compañeros comenzaban a enterarse. Su sorpresa era siempre la misma: no entendían que alguien tan identificado con Nueva York estuviera considerando mudarse a Houston. Yo repetía los argumentos racionales: mejor puesto, mejor salario, una nueva oportunidad. Cada vez que los decía en voz alta sonaban correctos, pero no necesariamente suficientes.
Aquella tarde teníamos la presentación del nuevo sitio web del Consulado. Era un evento institucional en la sala Octavio Paz del Instituto Cultural Mexicano, en el segundo piso del edificio. Mi responsabilidad consistía en convocar a los medios, preparar el brief de prensa y cuidar la agenda. La presentación estaba programada de cinco y media a siete. Todo salió de acuerdo con lo planeado.
La lluvia, en cambio, alteró el resto del día. El juego de los Yankees fue suspendido. Quienes pensábamos ir al estadio cambiamos de plan y nos encontramos en el Joshua Tree, un bar de la Tercera Avenida que frecuentábamos. Empezamos alrededor de las ocho de la noche. Después fuimos a Lucy’s, en Avenue A, para jugar billar, y continuamos de un lugar a otro. En algún bar vimos el partido de lunes por la noche entre los Giants y Denver; en las televisiones seguían apareciendo los reportes de la final del US Open del día anterior. Era una noche normal de deportes, lluvia, amigos y bares en Nueva York.
La conversación, sin embargo, regresaba a Houston. Mis amigos no podían creer que estuviera dispuesto a dejar la ciudad justo cuando parecía disfrutarla más que nunca. Yo tampoco estaba convencido. Sabía que podía rechazar el traslado, aunque sentía que, después de haberlo solicitado y de recibir la autorización, tenía la obligación de aceptarlo. Era una forma de pensar muy mía en esos años: confundir una decisión administrativa con un compromiso irreversible.
Una amiga y compañera de trabajo fue más directa. Cuando le expliqué que veía Houston como una mejor oportunidad, no podía creer que estuviera dispuesto a dejar Nueva York. “Esto no lo tendrás en Houston”, me dijo. La frase iba más allá de un bar o una noche entre amigos: se refería a la vida que yo había construido en la ciudad. Hice una pausa. “Es cierto”, respondí. “Eso es lo que estoy perdiendo, creo”.
La última vuelta por las torres
Cerca de la una o una y media de la madrugada comenzamos a despedirnos. Mi amiga vivía en Nueva Jersey y la acompañé a la estación del PATH en el World Trade Center. Llegamos en taxi. Al bajar hice lo que hacía casi siempre que llegaba a las torres: eché la cabeza hacia atrás para buscar el final de los edificios. Desde la base parecían no terminar nunca. Por más familiares que fueran, su escala seguía imponiéndose. A mis adentros repetí una frase poco elegante, pero exacta: ‘Estas torres están cabrón’. Era una reacción habitual, no un presentimiento.
Bajamos hacia la estación y llegamos uno o dos minutos tarde. Vimos el tren alejarse del andén y supimos que habría que esperar entre media hora y cuarenta y cinco minutos para el siguiente.
No era la primera vez que estaba ahí ni había nada excepcional en la espera. Caminamos por el centro comercial de las torres, compramos café en un puesto de periódicos y seguimos hablando de mi posible traslado, de la ciudad y de lo que cada uno haría después. Recuerdo el recorrido hacia el andén, la iluminación del lugar a esas horas y la sensación de estar en uno de esos espacios que parecían funcionar sin importar el momento del día. El World Trade Center era parte de la infraestructura cotidiana de Nueva York: oficinas, tiendas, restaurantes, trenes y miles de personas entrando y saliendo.
Cuando llegó el siguiente tren, mi amiga subió al vagón. Me cercioré de que estuviera segura y la vi partir. Nos despedimos con una frase ordinaria: “Nos vemos mañana”. Ninguno de los dos tenía razones para pensar que unas horas después recordaríamos aquella espera como algo extraordinario.
Salí del complejo para tomar un taxi hacia Park Slope. Mientras esperaba en la calle volví a mirar hacia arriba. Lo recuerdo con absoluta claridad: las torres iluminadas, elevándose hasta perderse en la oscuridad, todavía capaces de impresionarme después de tantos años. Tampoco aquella segunda mirada fue una despedida. Era simplemente el gesto de alguien que seguía asombrándose ante dos edificios que consideraba parte permanente de su ciudad.
El regreso fue por el puente de Brooklyn. Estaba cansado, casi dormido, pero la postal estaba ahí: las dos torres elevándose sobre el bajo Manhattan, iluminadas en la madrugada. El trayecto duró unos quince o veinte minutos. Para entonces las había visto tantas veces que no necesitaba contemplarlas con atención. Eran parte del camino a casa.
Llegué al 198 de la Octava Avenida pasadas las dos de la mañana. Entré al departamento, cerré las persianas y caí dormido. Mi radio despertador estaba programado para encenderse, como todos los días, a las siete. Necesitaba una hora para bañarme, vestirme, desayunar y emprender el camino al Consulado.
Esa mañana no escuché el despertador. Cuando abrí los ojos ya habían pasado las ocho. Me levanté con prisa, pensando únicamente en llegar al trabajo. Las persianas seguían cerradas. Por primera vez en muchos años no miré hacia el lugar donde aparecían las Torres Gemelas antes de salir de casa.
La lluvia del lunes había desaparecido. Era una mañana despejada y luminosa. Caminé hacia Grand Army Plaza concentrado en el retraso, rodeado por la rutina de cualquier martes: gente camino al trabajo, comercios que abrían y pasajeros que bajaban al subway. La ciudad había recuperado su movimiento habitual después de la lluvia. Nada parecía distinto.
La última vez que me detuve a mirar las torres fue, por lo tanto, desde su base, mientras esperaba el taxi unas horas antes. Aquella mañana seguían detrás de las persianas, ocupando el lugar de siempre. Cerré la puerta del departamento y me fui a trabajar sin verlas. No tenía una sola razón para pensar que nunca volvería a hacerlo.
