25 AÑOS DEL 11-S · TERCERA ENTREGA

Nueva York, 11 de septiembre de 2001
Por Marco Núñez Yurén
El martes 11 de septiembre de 2001 empezó para mí con una preocupación ordinaria: había despertado tarde. La noche anterior había regresado a Park Slope pasadas las dos de la mañana. Mi radio despertador estaba programado para encenderse a las siete, como todos los días, pero no lo escuché. Cuando abrí los ojos ya habían pasado las ocho. Me levanté con prisa, pensando únicamente en bañarme, vestirme, desayunar y llegar a mi oficina en el Consulado.
Las persianas seguían cerradas. Detrás de ellas estaban las Torres Gemelas, o al menos eso creía yo. Durante años, cada otoño e invierno, cuando los árboles perdían las hojas, podía ver desde la ventana de mi departamento la parte superior de los dos edificios. La noche anterior las había contemplado desde su base y, más tarde, desde el taxi que me llevó a casa por el puente de Brooklyn. Esa mañana no las miré. Salí del departamento concentrado en el retraso.
Había dejado de llover. Después del aguacero interminable del lunes, Nueva York amaneció con un cielo despejado y una luz limpia. Ni una sola nube en el Cielo, algo fascinante después del cielo encapotado del día anterior. Caminé hacia Grand Army Plaza y tomé el subway. Todo parecía normal: la gente iba al trabajo, los comercios levantaban sus cortinas y los pasajeros cumplían la rutina de cualquier martes. No había teléfonos inteligentes ni alertas que alcanzaran a todos en el momento. Mientras yo avanzaba bajo tierra hacia Manhattan, el primer avión se estrelló contra la Torre Norte a las 8:46 de la mañana.
“Un avión se estrelló en las torres”
Llegué al Consulado poco después de las nueve. Desde septiembre de 1998 ocupábamos un edificio en el 27 East de la calle 39. Mi oficina estaba en el cuarto piso y desde ahí no se veía el bajo Manhattan; la ventana daba hacia el edificio de enfrente. Me senté en mi lugar y empecé a revisar las noticias para preparar la carpeta informativa, la misma tarea con la que había comenzado tantos días durante casi una década.
Una compañera que tenía su estación de trabajo junto a la mía recibió una llamada de su esposo. Al colgar nos dijo algo que todavía podía entenderse como un accidente: “Un avión se estrelló en las torres”. Encendimos el televisor. Las imágenes mostraban la Torre Norte en llamas y una columna de humo saliendo de los pisos superiores. En esos primeros minutos nadie parecía comprender qué tipo de avión había sido ni cómo podía haber ocurrido algo así.
Salí a la calle para intentar verlo. Desde la calle 39 era necesario caminar hacia la Quinta Avenida para tener perspectiva hacia el sur. Había gente mirando en la misma dirección. Recuerdo una gran bola de humo en la zona de las torres. En ese momento pensé que era parte del incendio provocado por el primer impacto. Cuando regresé a la oficina y miré otra vez la televisión, entendí que se trataba de algo distinto: un segundo avión había golpeado la Torre Sur a las 9:03.
Aquello cambió todo. Un avión podía ser un accidente; dos aviones eran un ataque. Mi primera reacción no fue el miedo. Fue el enojo. Alguien está atacando mi ciudad, pensé. La frase salió antes de que pudiera ordenar todo lo demás: la sorpresa, la desesperación, la incertidumbre y la conciencia de que el mundo conocido podía estar desmoronándose a unas cuantas calles de distancia.
Entre el primer impacto y el segundo me llamó una amiga y compañera de trabajo. La madrugada anterior yo la había acompañado a tomar el PATH en el World Trade Center. Habíamos caminado por el centro comercial, comprado café y esperado el tren que la llevaría a Nueva Jersey. Ahora, con la voz entrecortada, me dijo: “¿Te das cuenta de que ahí estuvimos hace unas horas?”. Era imposible no pensarlo. Aquella estación, aquel andén y el lugar donde nos habíamos despedido estaban debajo de los edificios que veíamos arder.
Después del segundo impacto fui yo quien la llamó. Los dos ya estábamos dentro del Consulado, en departamentos distintos. No recuerdo una conversación larga. Le dije: “Esto está cabrón. Esto no es normal. Esto es serio”. Ella estuvo de acuerdo. Más tarde nos encontramos en un pasillo, cuando las dos torres seguían en pie. Nos abrazamos, nos dimos apoyo y cada uno volvió a su trabajo. Todo estaba ocurriendo demasiado rápido para detenerse.
La ciudad bajo ataque
En la calle empezaba a respirarse un ambiente que nunca había conocido. Las sirenas no cesaban. Policías, equipos de seguridad y personal de emergencia avanzaban hacia el bajo Manhattan. Comenzaron las evacuaciones de edificios y se extendió el temor de que el Empire State pudiera ser el siguiente objetivo. Con el paso de las horas vimos un despliegue de seguridad extraordinario y aviones militares sobrevolaron la ciudad. Manhattan parecía encapsulada.
La sensación era la de estar dentro de una película de guerra, solo que no existía una pantalla que nos protegiera. Parecía que en cualquier momento sonarían alarmas para ordenar la evacuación general o enviarnos a un refugio. Nadie sabía cuántos ataques podían venir, dónde ocurrirían ni quién estaba detrás de ellos. La información llegaba fragmentada, se corregía y volvía a cambiar.
También cambiaron los sonidos. Nueva York siempre había sido una ciudad de bocinas, motores, trenes y voces. Aquella mañana el ruido tenía otra carga: las sirenas eran una advertencia, los gritos se propagaban entre edificios y cada aeronave en el cielo obligaba a levantar la vista. La misma ciudad que unas horas antes se sentía invulnerable había quedado dominada por la incertidumbre.
Verlas caer
Éramos unas quince personas reunidas frente al televisor de la oficina cuando cayó la Torre Sur, la segunda en ser alcanzada y la primera en derrumbarse. Sucedió a las 9:59. Recuerdo el grito colectivo dentro de la oficina. También se escucharon gritos en la calle, como si miles de personas hubieran reaccionado al mismo tiempo ante una imagen que la mente se negaba a aceptar.
Algunas personas rompieron en llanto. Yo pensé de inmediato en quienes estaban dentro del edificio y en quienes trabajaban alrededor: empleados, bomberos, policías, rescatistas y gente que intentaba escapar. Hasta ese instante habíamos visto incendios terribles, pero las torres seguían siendo torres. Ver desaparecer una de ellas en segundos hizo tangible una dimensión de la tragedia que todavía no podíamos calcular.
La Torre Norte cayó a las 10:28. También la vi por televisión. Esas dos imágenes nunca se han ido. Uno puede volver a ver las grabaciones, conocer después los detalles y aprender la secuencia exacta, pero ninguna explicación reproduce lo que se sintió aquel día. No sabíamos cuántas personas habían muerto. Solo sabíamos que dos edificios que parecían permanentes ya no existían y que, dentro de aquella nube, había miles de vidas.
Yo había crecido en Nueva York mirando esas torres. Las usaba para orientarme, aparecían en mi camino, formaban parte de la vista desde mi casa y la madrugada anterior todavía me habían obligado a inclinar la cabeza para buscar su final. De pronto eran una imagen en televisión y una ausencia en el horizonte. No tuve tiempo de procesarlo. El Consulado debía responder.
La oficina de prensa
El cónsul general ordenó suspender las actividades y permitir que se fueran a casa quienes no desempeñaran una función esencial. La prioridad quedó concentrada en su oficina, en la de protección a mexicanos y en la oficina de prensa. Había que saber qué estaba ocurriendo, mantener contacto con la Embajada de México en Washington y con la Secretaría de Relaciones Exteriores, orientar a la comunidad y estar disponibles para quienes necesitaran ayuda.
La red consular ya contaba con un número 800 y comenzó a utilizarse para recibir llamadas. Familias buscaban información sobre hijos, hermanos o padres que vivían en Nueva York. Muchas personas en México no conocían la geografía de la ciudad. Llamaban convencidas de que su familiar podía estar en peligro y, al preguntar dónde vivía o trabajaba, descubríamos que se encontraba lejos del World Trade Center. Era comprensible: para quien miraba desde fuera, toda Nueva York parecía ser la zona del ataque.
Nuestra labor era escuchar, tomar los datos y explicar que nos pondríamos en contacto si obteníamos información. No podíamos prometer más. Las líneas telefónicas estaban saturadas y las comunicaciones eran difíciles. Los celulares ya empezaban a ser comunes, pero estaban lejos de ofrecer la conexión inmediata de hoy. Además, buena parte de la infraestructura de telecomunicaciones de la ciudad había sido afectada.
Intenté consultar los sitios de CNN y The New York Times. La red no servía como ahora: las páginas se saturaban, cargaban con dificultad y mostraban apenas una fotografía, un encabezado enorme y algunas líneas. Recuerdo durante mucho tiempo la misma imagen de gente huyendo después del derrumbe. No había una corriente inagotable de videos ni actualizaciones en el teléfono. La televisión, el radio, los cables de agencias, las llamadas y el correo electrónico seguían siendo nuestras principales herramientas.
Logré comunicarme con mi familia una o dos horas después para decirles que estaba bien. No hubo una gran escena. Mi trabajo me permitía acceder a un teléfono y bastaba con avisar que me encontraba a salvo y que seguíamos las noticias. Después regresé a la oficina. La dimensión personal debía esperar; yo seguía actuando como integrante del equipo de prensa y mi instinto periodístico tampoco me permitía apartarme.
Las horas siguientes se volvieron una sucesión de datos, rumores, llamadas e imágenes. El tiempo adquirió una forma extraña. Podía separarme del televisor para revisar un mensaje, contestar una llamada o buscar información y, cuando regresaba, la situación ya había cambiado. La ciudad había cerrado sus accesos, el transporte funcionaba con interrupciones y miles de personas trataban de salir de Manhattan a pie, en ferry o por cualquier vía disponible.
Mi amiga me avisó que se marchaba con otros compañeros. Solo le dije que se cuidara y que siguiéramos en contacto. En ese momento ni siquiera era fácil saber si alguien conseguiría llegar a su casa. Yo me quedé. No porque tuviera una tarea heroica, sino porque ésa era mi responsabilidad: permanecer disponible, seguir la información y ayudar a que el Consulado pudiera responder.
Ya avanzada la noche quedábamos la oficina del cónsul general y la oficina de prensa. Seguíamos en contacto con Washington y atentos a cualquier solicitud. Nos fuimos únicamente cuando estuvimos convencidos de que habíamos agotado lo que podíamos hacer durante esa jornada. Habían transcurrido muchas horas desde que una llamada junto a mi escritorio nos obligó a encender el televisor. Afuera, Nueva York era otra ciudad.
El regreso a Park Slope
Salí con una compañera de la oficina de prensa y caminamos las pocas calles hasta Grand Central. La ciudad estaba desolada. Muchos edificios permanecían cerrados y el despliegue de seguridad era visible. En una estación que normalmente concentraba multitudes había muy poca gente. Esperamos entre quince y veinte minutos a que llegara el tren 4 hacia downtown.
En el vagón viajábamos tres o cuatro personas. Cruzamos miradas, pero nadie habló. Había una tristeza compartida que volvía innecesarias las palabras. El trayecto avanzó con relativa fluidez. En Nevins Street hice el transbordo al tren 2 o 3 para llegar a Grand Army Plaza. Durante casi cuarenta minutos me limité a observar el vagón y las estaciones, escenarios de todos los días convertidos ahora en algo desconocido.
Al salir en Brooklyn comenzaron a aparecer las primeras veladoras y los mensajes de solidaridad en escaparates y puertas. También se sentía un orgullo colectivo que crecería durante los días siguientes. Me detuve en una cafetería para comprar un café y un sándwich. Las personas que estaban ahí apenas intercambiaban un saludo. Las miradas, los gestos y el cansancio decían todo.
A unos metros de mi casa vi a una joven paseando a su perro en plena madrugada. Nos miramos y los dos hicimos un pequeño gesto con la cabeza. Fue como preguntarnos, sin decirlo: ¿qué pasó?, ¿cómo pudo pasar? Después cada uno siguió su camino. En una ciudad acostumbrada a convivir sin detenerse, aquel reconocimiento silencioso entre dos desconocidos resumía el estado de todos.
Cuando entré al departamento me recibió un olor penetrante, desconocido, el olor de un incendio de proporciones enormes que había atravesado el río y llegado hasta Park Slope. Durante el día había recordado que dejé las persianas cerradas por la mañana. Fui hacia la ventana y las abrí.
Las Torres Gemelas ya no estaban. En el lugar que habían ocupado durante años solo se veía el resplandor del incendio y una nube de humo elevándose desde el bajo Manhattan. No era una imagen de televisión. Era mi ventana, mi casa y el paisaje cotidiano de mi vida. Solté un suspiro. Sentí nostalgia, dolor y desesperación.
Encendí el televisor. La programación habitual había desaparecido: los canales transmitían noticias, mensajes y señales de apoyo. Yo estaba agotado y al poco tiempo me quedé dormido. Horas antes había salido de ese mismo departamento sin abrir las persianas porque creía que las torres seguirían ahí al regresar. Aquella madrugada entendí que el 11 de septiembre no había terminado cuando cayeron los edificios. Apenas empezábamos a vivir en la ciudad que dejaron detrás.
