El Oculus del Memorial del 11-S

La ciudad que no pude dejar atrás

25 AÑOS DEL 11-S  ·  CUARTA ENTREGA

Nueva York después del 11 de septiembre

Por Marco Núñez Yurén

El 12 de septiembre de 2001 me desperté alrededor de las siete de la mañana. Había dormido apenas unas horas, pero me bañé, me vestí y salí rumbo al Consulado. Lo hice con una duda que nunca había tenido: no sabía si Nueva York saldría a trabajar.

La respuesta apareció en las calles de Park Slope. Mis vecinos caminaban hacia las estaciones, los comercios abrían y la gente intentaba llegar a sus empleos. Había tristeza y una sensación muy fuerte de que habían atacado nuestra ciudad, pero Nueva York no se detuvo. Cada quien se levantó, se arregló y salió a cumplir con su día. Esa reacción sigue siendo una de las razones por las que me siento orgulloso de haber vivido ahí.

El transporte funcionaba con interrupciones. En Atlantic Avenue nos obligaron a bajar del tren. La estación estaba llena y pensé que sería casi imposible abordar otra línea, así que salí a la calle. Por un momento consideré caminar hasta el puente de Brooklyn. Al final avancé hacia DeKalb Avenue y conseguí tomar un tren que cruzaba el puente Manhattan.

Cuando el convoy salió del túnel y quedó a la vista el bajo Manhattan, todos los pasajeros volteamos al mismo tiempo. Nadie tuvo que indicarlo. Donde antes dominaban las Torres Gemelas se levantaba una columna de humo. El vagón permaneció en silencio. Durante unos instantes miramos la misma ausencia, como si aquella observación colectiva fuera una forma de rendirle respeto a la ciudad.

Las historias de los otros

En el Consulado las actividades se concentraron en atender a la comunidad mexicana. Los teléfonos no dejaban de sonar. Personas desde México buscaban a familiares y nosotros tomábamos nombres, domicilios, lugares de trabajo y cualquier dato que pudiera ayudar. En muchos casos bastaba conocer un poco la geografía de Nueva York para explicar que alguien vivía o trabajaba lejos de la zona del World Trade Center. En otros, no había respuestas.

Dos días después acudí con varios compañeros a uno de los centros habilitados por la ciudad para recibir información sobre personas desaparecidas. Las paredes de Nueva York comenzaban a cubrirse con fotografías, hojas impresas y mensajes escritos a mano: nombres, teléfonos y la petición de avisar si alguien sabía algo. Nuestra función era dejar la información del Consulado, identificar a familias mexicanas que necesitaran apoyo y escuchar.

Eso último se volvió parte fundamental del trabajo. Mucha gente no esperaba que resolviéramos algo de inmediato; necesitaba contar su historia. Cada persona con la que hablábamos conocía a alguien que había estado cerca, que no había regresado o que había conseguido escapar. Todos los días aparecía un relato nuevo. Escucharlos durante horas era abrumador.

Una llamada permanece conmigo. La recibí el jueves o el viernes de aquella semana. Una mujer me habló de su hijo, quien se había comunicado con ella desde una de las torres. Le dijo que la quería, se despidió de su familia y le explicó que no veía otra salida más que saltar porque no quería morir quemado. La señora probablemente sabía que no podíamos darle la respuesta que buscaba. Creo que necesitaba que alguien la escuchara y conservar una posibilidad, por mínima que fuera, de que hubiera ocurrido un milagro.

Después de colgar me levanté del escritorio y fui al baño para tomar aire. Me considero una persona fuerte y poco expresiva, pero era imposible permanecer ajeno a ese dolor. Respiré unos minutos y regresé a trabajar. No había otra manera. En aquellos días cada quien procesaba la tragedia como podía.

La noche del 12, al regresar a Brooklyn, el tren 4 redujo la velocidad al atravesar la estación Bowling Green. La estación permanecía cerrada y los convoyes no se detenían. Todo estaba cubierto por el polvo de los derrumbes. Esa estación siempre me había llamado la atención por sus mosaicos de color naranja. Verla convertida en una superficie gris provocó un suspiro colectivo y la misma pregunta que se repetía en toda la ciudad: qué demonios había pasado.

Una ciudad que intentaba levantarse

Una rosa blanca reposando sobre una placa con nombres en un monumento conmemorativo.

El sábado 15 de septiembre fui a desayunar a una cafetería de la Séptima Avenida, cerca de Second Street, en Park Slope. Llegaron dos bomberos en un camión. Sus uniformes estaban cubiertos de polvo y se les veía físicamente agotados. Cuando entraron, el lugar quedó en silencio durante un segundo. Después todos comenzamos a aplaudir.

La gente les gritaba palabras de ánimo. Uno de ellos rompió en llanto y los dos se abrazaron. El dueño les dijo que podían llevarse lo que quisieran, que no tenían que pagar. Alguien comenzó a gritar “USA, USA” y el resto respondió. No era una escena preparada. Era una comunidad intentando agradecer a quienes llevaban días trabajando entre los escombros y habían perdido a tantos compañeros.

Ese mismo día tomé otra decisión que todavía me resulta difícil explicar. El oficio que autorizaba mi traslado a Houston había llegado el viernes 7 de septiembre. Yo conservaba la posibilidad de aceptarlo o rechazarlo. El día 14 comuniqué que me iría, aplicando la regla de avisar con dos semanas de anticipación.

Nadie trató de convencerme de lo contrario. Las mentes de todos estaban en los atentados. Yo tampoco recuerdo haberme sentado a reconsiderarlo con calma. Sentía que, después de solicitar el cambio y recibir la autorización, tenía la responsabilidad de aceptar. Houston representaba una promoción, más dinero y la oportunidad de ser consejero de prensa. Me dejé llevar por lo que parecía lógico en el papel y no por lo que sentía.

Eso es lo que más me dolió con los años: haber confirmado mi salida apenas cuatro días después de los ataques. Aun sin el 11-S probablemente me habría ido. Ya me sentía estancado en el empleo y quería intentar algo nuevo. Pero la cercanía de ambas decisiones hizo crecer después una sensación de culpa. Nueva York me había dado una vida y yo sentía que la estaba abandonando cuando más necesitaba a quienes la habitábamos.

Volver al estadio

Antes de irme asistí al primer juego de los Yankees en casa después de los atentados, el 25 de septiembre. Camino al estadio me preguntaba cómo sería regresar. La ciudad cargaba un dolor enorme y, al mismo tiempo, había una intención clara de distraernos y recuperar algo de la vida habitual.

Cuando aparecieron los bomberos y policías invitados, el respeto y el agradecimiento fueron abrumadores. Vi gente llorar. En las tribunas se mezclaban el duelo, el orgullo y el alivio de volver a estar juntos en un lugar que formaba parte de nuestra vida. Cada día conocíamos una historia distinta sobre el atentado; durante unas horas, el béisbol nos permitió compartirlas sin que fueran lo único que existiera.

Yo sentía también el peso de mi partida. Había vivido la última gran dinastía de los Yankees y el estadio era una extensión de mi relación con Nueva York. Aquella noche tuve un nudo en la garganta, aunque a los treinta y un años todavía no comprendía del todo lo que significaba despedirme. Predominaba el orgullo por la ciudad y la idea, quizá ingenua, de que podía marcharme sin dejarla realmente.

Durante las dos semanas posteriores al 11 de septiembre seguí viendo a mis amigos. No hubo una gran despedida oficial porque no la quise. Mis compañeros me invitaron a comer al Oyster Bar de Grand Central y con mis amigos salí varias noches. Mi pensamiento era conservar el departamento de Park Slope y regresar al menos un fin de semana al mes. Imaginaba que podría vivir entre Houston y Nueva York.

En mis últimos días también participé en la preparación de una visita inusual del presidente Vicente Fox a Nueva York. El propósito era expresar solidaridad con Estados Unidos, acercarse a la comunidad mexicana y gestionar una visita a la zona de los atentados. Mi participación fue operativa: agenda, medios y logística. Fox llegó el 9 de octubre. Para entonces yo ya estaba en Houston. Mi último trabajo importante en Nueva York consistió, de alguna manera, en ayudar a preparar un gesto de acompañamiento a la ciudad que estaba dejando.

El vuelo a Houston

Salí de Nueva York el domingo 7 de octubre de 2001, el mismo día en que Estados Unidos y el Reino Unido iniciaron los ataques militares en Afganistán. La tensión se sentía en toda la ciudad. Tomé un taxi desde Park Slope hacia el aeropuerto de Newark. Antes de entrar a uno de los túneles rumbo a Nueva Jersey, las autoridades detenían y revisaban cada vehículo. El tráfico avanzaba lentamente.

En el aeropuerto el ambiente era desconcertante. Solo podían ingresar quienes tenían boleto y, en algunos casos, un acompañante. Las revisiones comenzaban desde la entrada y el equipaje era examinado con un cuidado desconocido hasta entonces. Yo llevaba un bate firmado por Derek Jeter, un regalo que me había hecho por mi cumpleaños en 2000. Me obligaron a documentarlo. Aquel objeto, parte de mi vida con los Yankees, terminó viajando en la bodega del avión. Llegó intacto a Houston y todavía lo conservo en mi oficina.

Después del 11-S las rutas aéreas habían cambiado y los aviones ya no sobrevolaban Manhattan como antes. No vi la ciudad desde la ventanilla. Tampoco recuerdo una reflexión profunda al despegar. Mi idea seguía siendo volver pronto. Me dije que iba a trabajar, que empezaba otra etapa y que esperaba que todo saliera bien.

Llegué al aeropuerto Hobby alrededor de las cinco o seis de la tarde. Me recibió mi primo. El contraste fue inmediato: espacios abiertos, mucho sol y un calor que parecía de verano, mientras Nueva York ya entraba en el otoño. Dos semanas después tenía un departamento amplio, con alberca, gimnasio y una cocina más grande que buena parte de mi casa en Park Slope. Nunca se sintió como hogar.

La distancia

El bat de Jeter que siempre me acompaña y publicaciones llenas de recuerdos.

El trabajo también resultó distinto. En Nueva York revisaba entre quince y treinta publicaciones, preparaba análisis, mantenía contacto con actores de primer nivel y participaba en agendas presidenciales. En Houston monitoreaba el Houston Chronicle y un periódico local en español. La intensidad bajó de diez a dos. Intenté crear una base de datos semejante a la que había construido en Nueva York, pero después de manejar miles de contactos apenas conseguía reunir algunas decenas con relevancia para nuestra labor.

Al principio pensé que era parte de la adaptación. Después apareció la frustración. La vida nocturna de Houston no tenía la energía de Nueva York. Para moverme tuve que comprar un automóvil. Una de las primeras veces que salí, un jueves alrededor de las diez de la noche, las calles estaban vacías y el bar se encontraba en una plaza comercial. Todo era limpio, ordenado y funcional, pero para mí también resultaba lento. Comparaba cada cosa con Nueva York y esa comparación no ayudaba.

Regresé dos semanas después y me quedé en mi departamento. Abrí la puerta y sentí que solo había salido de vacaciones. Todo seguía en su lugar. Era mi casa. Al cerrarla de nuevo no pensé que sería la última vez que pondría un pie ahí. Todavía creía que regresaría continuamente.

La realidad económica terminó imponiéndose. No podía pagar viajes frecuentes y mantener dos rentas. Alrededor de Thanksgiving llegaron a Houston las cajas con mis libros, fotografías, videos, revistas y recuerdos de Nueva York y los Yankees. Durante varios días llenaron mi oficina. Cuando finalmente las llevé al departamento y comencé a abrirlas, entendí que mi vida ya no estaba en Park Slope. Me gustara o no, tenía que empezar otra en Houston.

La postemporada de 2001 hizo más difícil la distancia. Vi solo todos los juegos de los Yankees. Mientras Nueva York se aferraba al equipo, yo estaba en una ciudad donde nadie parecía comprender lo que significaban esos partidos. La Serie Mundial llevó esa emoción hasta el límite. El 4 de noviembre vi el séptimo juego en la sala de mi departamento, hincado frente al televisor, con mi bate en las manos y un jersey de la serie de 1999. Cuando Arizona ganó en la novena entrada sentí dolor por la derrota, pero también un orgullo por aquel equipo que no había sentido ni siquiera con los campeonatos anteriores.

A los pocos meses comprendí que Houston había sido un error profesional. Quien me había convencido de aceptar la plaza recibió otra asignación y me recomendó que comenzara a ver mis opciones. Mientras lo escuchaba pensé: qué demonios vine a hacer aquí. Ya no podía regresar. Mi puesto en Nueva York estaba ocupado, mi situación migratoria no me permitía buscar libremente otro empleo y el traslado no podía revertirse. Tuve que asumir la decisión y seguir adelante.

La ciudad que seguía conmigo

En octubre de 2002 volví de visita. Un amigo me prestó un pequeño departamento en el Lower East Side. Una tarde fui con dos amigas muy queridas al Old Man’s Bar. El lugar estaba lleno de policías y bomberos que habían participado en un homenaje a compañeros caídos. Estábamos en la barra cuando un policía se subió a una mesa y comenzó a tocar con una trompeta el himno de Estados Unidos.

Las notas salían rotas, cargadas de emoción. Todos se pusieron de pie; quienes llevaban gorra se la quitaron. Después una delegación francesa entonó La Marsellesa. El bar entero aplaudía y muchas personas lloraban. La escena tenía la fuerza de una película, pero estaba ocurriendo frente a nosotros.

Una de mis amigas había trabajado en un edificio del complejo del World Trade Center. Nos contó cómo bajó por las escaleras después del primer impacto, cómo el personal de seguridad intentó convencerlos de regresar y cómo, tras el segundo avión, todos salieron corriendo. Vio caer escombros y personas. Su esposo dejó el automóvil en la calle 14, caminó hacia el bajo Manhattan y, contra toda probabilidad, la encontró en medio del caos. Ella quedó profundamente afectada, se mudó a Miami y no volvió a vivir en Nueva York.

En aquel bar cada conversación terminó regresando al 11 de septiembre. Todos teníamos una historia. Yo conté la lluvia del día 10, la espera en la estación del PATH, el Consulado y la noche sin las torres frente a mi ventana. Sentí orgullo por ser neoyorquino y, al mismo tiempo, volvió la pregunta: qué estoy haciendo en Houston. Estando en Nueva York, extrañé Nueva York como nunca.

Durante años conservé la idea de que le había fallado a la ciudad. Era como abandonar a un amigo cuando más te necesita. Imaginaba que, de haberme quedado, habría salido a trabajar cada mañana y habría apoyado a la comunidad desde el Consulado. El punto era estar ahí. Esa culpa no desapareció pronto.

Volver para cerrar la historia

Regresé al sitio del World Trade Center por primera vez en noviembre de 2014. Habían pasado trece años. Fui solo. Caminé alrededor de las fuentes del Memorial, leí nombres y me senté durante un buen rato. Recordé el andén, las llamadas, la oficina, el subway y la ventana de Park Slope. Nunca había estado listo para hacer esa visita.

No sentí que estuviera pagando una deuda. Sentí alivio. Había regresado, podía mirar el lugar y asimilar los recuerdos desde otra etapa de mi vida. Aquella visita cerró algo, pero también confirmó una certeza que ya llevaba conmigo: iba a volver a vivir en Nueva York.

En abril de 2015 regresé formalmente. Me instalé en el Upper West Side y en septiembre comencé una maestría en comunicación corporativa y relaciones públicas en la Universidad de Nueva York. Volví a ser estudiante, a correr en Central Park, a estudiar en la biblioteca Bobst y a moverme en subway. Después trabajé en el bajo Manhattan, primero cerca de Broadway y Fulton Street y más tarde en Broad Street, a unas calles del nuevo World Trade Center.

Permanecí hasta el 2 de junio de 2018. Esta vez me fui satisfecho. Había estudiado, trabajado y vivido nuevamente la experiencia neoyorquina. Cuando terminó mi permiso laboral hice los arreglos necesarios, entregué el departamento y tomé el avión de regreso a México. No hubo discursos ni una despedida dramática. Sabía que había cumplido lo que me propuse.

Volver no borró la decisión de 2001 ni cambió lo que ocurrió. Me permitió reconciliarme con la ciudad y conmigo. Nueva York volvió a darme una vida, energía y la posibilidad de empezar otra vez. La culpa por haberme marchado se hizo más ligera.

Hoy ya no pienso en Nueva York como una deuda. Es una parte esencial de lo que soy. Ahí me hice adulto, encontré mi oficio, cometí errores y cumplí sueños. Nueva York ha sido mi mejor amigo: la ciudad que me recibió cuando tenía veintiún años, la que vi caer y levantarse, la que creí dejar atrás y la que, de una forma u otra, siempre me permitió volver.

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